KADMON Y NAHASH
Nekromantik
Kadmon
abrió los ojos y vio que todo era luz. Un horizonte de luz se extendía al
infinito en todas direcciones y a la eternidad en movimientos circulares.
Potentes haces luminosos se proyectaban desde su posición hasta perderse, en
ciclos refinados, en la misma luminosidad de la cual emanaban: la luz del
génesis, del Padre escondido.
Con un placer sin límites, Kadmon se dio cuenta de que
también desde sí mismo exhalaba una luminosidad que podía, inclusive, ser tan
brillante como esa luz primigenia. Kadmon era luz, luz pura y perfecta,
infinita, eterna e inmortal.
El placer de Kadmon se fue consumiendo poco a
poco en su propio resplandor y un sentimiento de soledad afloraba en esa luz de
luz. Sintió la necesidad de algo que lo acompañara y empezó a ver. Separó de lo
luminoso algunas fibras y les dio forma y las nombró cielo; separó otras más y
se mostraron con su nombre las aguas, la tierra, los animales, las plantas. Y fue
el mundo brillante de las cosas de luz.
Pero la soledad no se disipaba; antes,
al contrario, iba aumentando de tal manera que Kadmon entró en un estado de melancolía
que lo llevó a un llanto de mucha, mucha tristeza. Su sentimiento le hacía
vibrar de tal manera que sus lágrimas iban hacia las cosas de luz para ponerse
a sí mismo en ellas. Pero no sucedía tal cosa: su luz no era su luz, no se
miraba en ellas; solo eran otro que ya no tenía nada de él, ya ni siquiera eran
su reflejo.
Su mirada se enceguecía en la
contemplación vacía de su ser. Kadmon no era, no podía nombrarse, su nombre era
impronunciable y su cuerpo se perdía en su propia luz.
—
¿Quién soy? ¿cómo soy? ¿por qué estoy aquí? — gritó Kadmon en ese mundo de luz
vacío por el resplandor de su propio resplandor.
Su grito hizo que una de las
lágrimas cayera en su pecho. El líquido casi magmático abrió en la luz un
orificio que mostraba un infinito ciego, negro, tan negro como la tristeza de
Kadmon.
— Ven,
acércate. Dijo una voz pastosa, casi en susurro que salió del agujero negro.
— ¿Qué,
¿quién eres, eres yo? Pregunto-se Kadmon sorprendido.
— Soy la dueña de la oscuridad,
respondió la inquietante voz.
Kadmon dirigió su vista hacia el
agujero en su pecho y fue absorbido en él. Al recobrar su ser, presenció algo
que lo fragmento en minúsculas partículas de luz que se dispersaban y se
extinguían rápidamente. En un horizonte de penumbra donde no existía absolutamente
nada, se alzaba poderosa y terrible una serpiente negra de cuyos ojos de
desprendía una única fuerza que permitía distinguir su presencia. Su piel era
húmeda, gélida, y desprendía un olor a sangre y mineral que Kadmon no reconoció
por su nombre, pero le atrapó.
— Ser inmortal, ¿quieres saber,
verte, reconocerte? Dijo otra vez la voz.
— Si, porque esta ansia me destruye
y me llena de angustia y soledad. Respondió Kadmon.
— Lo que quieres saber es el
misterio magno, la sabiduría suprema. Nadie la quiere porque, al igual que tu
tristeza es devastadora. Si la buscas morirás.
— No importa. Quiero saber, saber de
mí.
— Bien. Para lograrlo tienes que ver
lo que estoy envolviendo y ser uno con ello.
La serpiente negra movió su cuerpo y
se pudo ver un corazón hecho de luz y de sombras, palpitante y moviéndose en periodos
lentos. Brillaba en un instante y al otro se apagaba, mostrando en ese lapso
miríadas de imágenes de cosas y seres que se aglutinaban, se confundían y se
separaban ininterrumpidamente.
— ¿Ves? Tú eres eso. —Dijo la voz.
— Pero… si soy Todo, ¿qué eres tú?
— Soy Nahash, la señora y dueña de
la oscuridad.
La serpiente abrió sus fauces y
emergieron dos recios colmillos que mordieron al corazón haciendo que su sangre
se derramara, se esparciera hasta volverse negra. Después lo tragó.
Hombre
se descubrió los ojos y contempló un horizonte lleno de seres y de cosas que
estaban formados de luz y mucha sombra. Miró hacia sí mismo y pudo ver su cuerpo:
era de carne de barro, negro y húmedo… moldeado por las manos invisibles de la
muerte.
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