viernes, 2 de junio de 2023

KADMON Y NAHASH

 


KADMON Y NAHASH

Nekromantik

 

Kadmon abrió los ojos y vio que todo era luz. Un horizonte de luz se extendía al infinito en todas direcciones y a la eternidad en movimientos circulares. Potentes haces luminosos se proyectaban desde su posición hasta perderse, en ciclos refinados, en la misma luminosidad de la cual emanaban: la luz del génesis, del Padre escondido.

Con un placer sin límites, Kadmon se dio cuenta de que también desde sí mismo exhalaba una luminosidad que podía, inclusive, ser tan brillante como esa luz primigenia. Kadmon era luz, luz pura y perfecta, infinita, eterna e inmortal.

             El placer de Kadmon se fue consumiendo poco a poco en su propio resplandor y un sentimiento de soledad afloraba en esa luz de luz. Sintió la necesidad de algo que lo acompañara y empezó a ver. Separó de lo luminoso algunas fibras y les dio forma y las nombró cielo; separó otras más y se mostraron con su nombre las aguas, la tierra, los animales, las plantas. Y fue el mundo brillante de las cosas de luz.

            Pero la soledad no se disipaba; antes, al contrario, iba aumentando de tal manera que Kadmon entró en un estado de melancolía que lo llevó a un llanto de mucha, mucha tristeza. Su sentimiento le hacía vibrar de tal manera que sus lágrimas iban hacia las cosas de luz para ponerse a sí mismo en ellas. Pero no sucedía tal cosa: su luz no era su luz, no se miraba en ellas; solo eran otro que ya no tenía nada de él, ya ni siquiera eran su reflejo.

            Su mirada se enceguecía en la contemplación vacía de su ser. Kadmon no era, no podía nombrarse, su nombre era impronunciable y su cuerpo se perdía en su propia luz.

­— ¿Quién soy? ¿cómo soy? ¿por qué estoy aquí? — gritó Kadmon en ese mundo de luz vacío por el resplandor de su propio resplandor.

            Su grito hizo que una de las lágrimas cayera en su pecho. El líquido casi magmático abrió en la luz un orificio que mostraba un infinito ciego, negro, tan negro como la tristeza de Kadmon.

   Ven, acércate. Dijo una voz pastosa, casi en susurro que salió del agujero negro.

   ¿Qué, ¿quién eres, eres yo? Pregunto-se Kadmon sorprendido.

            — Soy la dueña de la oscuridad, respondió la inquietante voz.

            Kadmon dirigió su vista hacia el agujero en su pecho y fue absorbido en él. Al recobrar su ser, presenció algo que lo fragmento en minúsculas partículas de luz que se dispersaban y se extinguían rápidamente. En un horizonte de penumbra donde no existía absolutamente nada, se alzaba poderosa y terrible una serpiente negra de cuyos ojos de desprendía una única fuerza que permitía distinguir su presencia. Su piel era húmeda, gélida, y desprendía un olor a sangre y mineral que Kadmon no reconoció por su nombre, pero le atrapó.

            — Ser inmortal, ¿quieres saber, verte, reconocerte? Dijo otra vez la voz.

            — Si, porque esta ansia me destruye y me llena de angustia y soledad. Respondió Kadmon.

            — Lo que quieres saber es el misterio magno, la sabiduría suprema. Nadie la quiere porque, al igual que tu tristeza es devastadora. Si la buscas morirás.

            — No importa. Quiero saber, saber de mí.

            — Bien. Para lograrlo tienes que ver lo que estoy envolviendo y ser uno con ello.

            La serpiente negra movió su cuerpo y se pudo ver un corazón hecho de luz y de sombras, palpitante y moviéndose en periodos lentos. Brillaba en un instante y al otro se apagaba, mostrando en ese lapso miríadas de imágenes de cosas y seres que se aglutinaban, se confundían y se separaban ininterrumpidamente.

            — ¿Ves? Tú eres eso. —Dijo la voz.

            — Pero… si soy Todo, ¿qué eres tú?

            — Soy Nahash, la señora y dueña de la oscuridad.

            La serpiente abrió sus fauces y emergieron dos recios colmillos que mordieron al corazón haciendo que su sangre se derramara, se esparciera hasta volverse negra. Después lo tragó.

            Hombre se descubrió los ojos y contempló un horizonte lleno de seres y de cosas que estaban formados de luz y mucha sombra. Miró hacia sí mismo y pudo ver su cuerpo: era de carne de barro, negro y húmedo… moldeado por las manos invisibles de la muerte.

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