viernes, 23 de junio de 2023

EXTRAÑO CASO

 

 

EL EXTRAÑO CASO DE UN EXTRAÑO QUE ES VISTO POR OTRO EXTRAÑO O CUANDO LAS MIRADAS SE CRUZAN Y NOS SORPRENDEMOS VIENDO AL QUE MIRA DESDE EL ESPEJO EXTRAÑADO DE LA MISMA MANERA QUE EL QUE ES MIRADO

Reflexión en torno a las ideas que sustentan el mundo y se mantienen por la fuerza de la miseria humana

 

ESCRITO POR NEKROMANTIK

AD TEMPUS INEXSTINCTUS

 

Hace tiempo, mientras viajaba en un autobús de la ruta 18 Cuautepec-Indios Verdes, un retén policiaco detuvo el transporte para hacer una inspección de los pasajeros en busca de cualquier elemento que pudiera ser peligroso en manos de gente ordinaria como los que en ese medio nos transportábamos. Acompañaba en ese día a un insigne y noble joven procedente del Condado de Coacalco, un Sir de linaje campirano y rupestre enamorado de la buena música de rock urbano. El caso es que los buenos agentes del orden procedieron, pistola y armas largas en mano, a hacer la revisión de los varones para permitirles abordar nuevamente el autobús y continuar con la marcha. Caso curioso, los últimos en ser revisados y en los cuales prestaron mayor atención fuimos mi compañero y yo; sin embargo, también a él le reconvinieron amablemente que abordará nuevamente la unidad. A mí me detuvieron todavía un rato más haciendo una revisión más minuciosa y con miradas francamente amenazadoras y suspicaces. Aunque presente mis credenciales que me acreditan como un oscuro profesor de filosofía de una Universidad, la actitud de los agentes fue francamente hostil y amenazadora. Con todo candor e ingenuidad me permití preguntar al policía que en ese momento pasaba nuevamente sus manos por mis tobillos buscando algo oculto: —¿por qué a mí me detienen más tiempo y a los otros varones ya los han dejado subir? Su respuesta me causo una impresión producto de lo inesperado de la misma: —¿pues qué no te has visto? Me dejaron abordar, pero esta situación provocó en mí una reflexión que me acompaño largo rato y me permitió comprender algunas cosas de la vida.

          Y es que el maldito policía tenía razón, pocas veces, si no es que ninguna, me había puesto a mirarme a mí mismo y ver la proyección de ese mí mismo hacia el exterior; nunca me había, ni me ha, importado la forma en que los otros me miraran, pero he ahí que las palabras del policía me hicieron voltear a mí y verme como la imagen del espejo que soy: un extraño. De repente entendí el porqué de las miradas de temor que ciertas personas me dirigían en la calle al cruzarse conmigo, o el por qué quienes me saludaban y me veían con cierto afecto eran personas de las llamadas parias: borrachos, drogadictos de la calle, prostitutas y asaltantes, vagabundos; todos ellos, y otros, cada uno a su manera me daban una señal que, ahora entiendo, les permitía sentirse identificados conmigo de alguna manera. Porque ellos también son los extraños.

          Es que en el mundo hay formas de ser bajo las cuales las estructuras que conforman la dimensionalidad de las cosas se ordenan; el diseño de la realidad está dado de antemano y las ideas en torno al universo se van desarrollando a partir de la repetición constante de ellas mismas en las mentes y pensamientos de los seres humanos. Podríamos decir que la realidad es una costumbre, o que lo real se constituye como tal por fuerza de la costumbre. Y por eso es peligroso que algo suceda o exista fuera o contra esa costumbre.

          Estamos acostumbrados a ser lo que somos, a ver lo que vemos, a sentir lo que sentimos. En nosotros se ha colocado una gruesa capa de imágenes, ideas, sensaciones que hacen que nos presentemos y representemos como lo que estamos acostumbrados a pensar que somos. Pero, ¿en realidad somos? La fuerza de la costumbre ha hecho que creamos que nuestra presencia en el mundo responde a las imágenes que proyectamos en los otros y que nos muestran la forma en que esos otros nos miran y conciben. Así, también yo soy lo que proyecto al mirar a los demás y al pensar en lo que son y en como son; entonces, eventualmente hemos llegado a ser lo que esta fuera de nosotros mismos: mi yo es el tú de los otros, yo desconozco mi yo.

          Por eso causa tanto asombro cuando alguien o algo nos obligan a voltear la vista hacia uno mismo; nos ponen frente a un espejo que nos devuelve una imagen no codificada en nuestras costumbres y nos damos cuenta de que aquello que alcanzamos a vislumbrar detrás de la normalidad es, precisamente, un ser extraño.

          Todos somos extraños para nosotros mismos. En cuanto nos vemos a través de los otros somos gente normal, nos comportamos de tal o cual manera para ser aceptados como un yo en las complejas estructuras relacionales de los demás; nos vestimos, nos acicalamos, hablamos, caminamos, pensamos, todo en función de hacer que esa falsa imagen del yo-otros se mantenga como algo sólido a través del espacio-tiempo. De otra manera no soy, no humanidad ni singularidad.

          Los seres espejo, aquellos que nos muestran lo que hay detrás de la imagen, no abundan en las sociedades modernas, han sido sistemáticamente orillados a la marginalidad y al desprecio. Causan desconcierto en las normas de conducta y pensamiento de los ordinarios y son vistos como una anomalía que hay que mantener alejada porque muestra los más profundos temores de cualquier ser humano: dejar de ser lo que es, dejar de ser yo. Porque la forma en que los extraños se presentan sorprende la mente y los sentidos de formas inusuales que llevan a la necesidad de reconocer en aquel ser algo de lo que late en lo más profundo de la cáscara que es la personalidad con la que el ordinario enfrenta el mundo. Todos quieren ser como el raro, romper con las formas prejuiciosas con las que se mueven en la mísera sociedad; todos quieren ser salvajes, dejar de ser correctos, ser simples y desordenados. Pero no se atreven por el pánico que les provoca la idea de dejar de ser; se aferran a su ego como un náufrago a una madera flotante, sin saber que el inmenso océano no es ajenos, que es parte de sí mismos. No ser, dejar de ser; he ahí el más terrible miedo, el ultimo pensamiento al que se quiere llegar.

          Porque el extraño no es, ya no es. Ha dejado de ser en algún momento de su existencia, tal vez ha vuelto a ser el niño que nunca fue. No es como tú, no viste como tú, no habla como tú, ni piensa como tú. Pero tampoco es como él, ni viste ni habla como él, ni siquiera piensa como él. Hay en el extraño un pleno no ser, algo tan ajeno a todo que recuerda al estado primigenio de locura del arcano cero del tarot: principio y fin unidos en una misma acción y en un mismo instante. El extraño es aterrador porque muestra el infinito, la infinita esencia de la existencia en el no ser y el no hacer.

          Su hacer es un no hacer, lo que hace no es lo que se hace sino lo que no se hace. Su decir en un no decir. Su ver es un no ver.

          Por eso el espejo que es un extraño no refleja nada, sólo indica la presencia de lo desconocido, lo impensable. Tal vez yo solo sea el reflejó de un oscuro profesor de filosofía, aquel que vive sin estar vivo, que ha nacido para ser vergüenza ignominiosa de la humanidad. Por eso les doy miedo a los otros.

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