LA ÚLTIMA
MIRADA DE LA VIDA
Sit tibi terra levis
Zenón
de Citio, cuando accidentalmente cayó, le increpo a la tierra: -"He aquí que vengo ya, ¿por qué me llamas?, yo le digo:- ¿por qué tardas tanto en llamarme?
Bien,
ya estoy aquí. He llegado justo en el momento en que mi cuchillo está más
afilado; me tarde un poco y fue difícil, pero lo logre: ahora nada me detendrá
al cruzar el límite de mi carne, nada se opondrá entre mi sangre y el vacío que
la espera ansiosa. Ni siquiera el miedo podrá ofrecer resistencia al filo
devastador que pulveriza los tejidos de mi cuello. Ahora sí me entregaré a la
oscuridad, beberé de la noche, caminaré con los que ya no están, pero siguen
estando.
Todo
este tiempo he reconocido que poseo un destino que me lleva más allá de mi
propia voluntad, que me pone un pie en este mundo y el otro en un sitio
incognoscible, indecible, invisible; todo este tiempo he sufrido porque mis
pasos están divididos, porque no puedo poner los dos en el mismo lugar. Siempre se ha mantenido algo oculto que se
siente y se respira pero no se alcanza a comprender ni a mirar; eso es un móvil
que llena momentos de soledad y de tristeza, desolación como vivencia esencial.
Por eso estoy aquí, para reconocer el fondo del abismo y ser con él, para ver,
sólo ver, aprender a ver.
Porque la vida es mirar, recorrer los espacios
configurando dimensiones y realidades, transfigurando las esencias en míseros
objetos que se aniquilan mutuamente para lograr permanecer, cuando la
permanencia es extinción. El mundo es mirada, es relación entre el ojo y lo
descarnado, materialización de lo sublime en un telón de fondo que no existe,
que lo inventamos. Es por eso que saque mis ojos en una época pasada: Edipo que
reniega de aquello que mira y que le hace sufrir, que sacrifica su mirada y se
vuelve a sí mismo para ver lo trágico de la existencia. Ojos en las tinieblas
que no se recrean en las figuras de luz, que tragan en la nada la estructura de
las cosas, ojos que no miran más; pero que tampoco ven, que no han logrado la
visión. Ojos sin brillo, cuencas vacías que desintegran las moléculas y hacen
de las tumbas su hogar; ojos que niegan y son negados: su vida ya no es de esta
vida ¡comen con los dioses!, ¡los cuervos comen de ellos y los llevan volando
al infinito!
La
mirada ya no existe, el mundo ya no existe: no hay viento, ni fuego, ni agua,
ni tierra; todo es caos, lo podrido y lo naciente unidos, el arriba y el abajo
en uno sólo, no principio, no fin.
¡Pero no veo! ¡No nulifico la mirada, sigo
reconstruyendo sombras en un telón de sombras!
Maldición
de vidente que viaja al inframundo, pero no pertenece aún a él; maldición del
que ama en las tumbas y que las tiene que abandonar desposeído. Por eso estoy
aquí, por eso traigo en la mano mi cuchillo afilado, por eso desagarro con él
esta mortaja que aún me cubre, por eso ahora empiezo a VER con otros ojos: los
ojos de la muerte.
Nekromantik
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